Dic 01

Timbre de alarma

El asesinato a balazos de dos guardianes en un establecimiento comercial de Bonao, a manos de cinco delincuentes armados que desvalijaron un cajero automático, obliga a las autoridades a tocar timbre de alarma ante un inusitado auge de la delincuencia y la criminalidad.

No resulta prudente que el Gobierno intente ocultar con humareda mediática el difícil cuadro de inseguridad ciudadana reflejado en la encuesta Latinobarómetro, porque asesinatos, atracos, asaltos se suceden con inusitada frecuencia, lo mismo en barrios populares, sectores residenciales, polos turísticos o áreas comerciales.

Estadísticas revelan que delincuentes han asesinado a 138 policías durante lo que va de año, cifra también alarmante que desnuda una situación que tiende a agravarse y a alejarse del control de la propia Policía y del Ministerio Público.

Puede decirse sin temor a exagerar que la delincuencia ha reconquistado las calles y ha secuestrado la tranquilidad de los ciudadanos a los que arropa la percepción de no encontrarse seguros en ninguna parte.

En los últimos días se denuncian la comisión de asaltos y atracos en villas turísticas, parroquias, comercios, viviendas, en calles, avenidas y autopistas, clara señal de deterioro de un bien social que, como la seguridad ciudadana, es imprescindible para la convivencia y la gobernanza.

El director de la Policía, general Ney Aldrin Bautista Almonte, clama por más agentes para combatir el crimen, pero el número de delincuentes crece en mayor proporción que los nuevos miembros que ingresan a la institución, además de que una parte del personal policial está asignado de día y de noche a políticos y particulares.

Corresponde a fiscales y jueces contribuir de manera decisiva en el desigual combate contra la criminalidad por vía de bien estructurados expedientes acusatorios y ejemplares condenas contra los delincuentes para que la ciudadanía recupere el merecido sosiego.

Sin pretender tapar el sol con ningún dedo, las autoridades están compelidas a tomar el toro por los cuernos y desalojar a la delincuencia de las calles, antes de que de manera definitiva se decreten a los hogares como cárceles ciudadanas.

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